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Historiadores e intelectuales contemporáneos se burlan de la figura del charro mexicano que nos heredó el llamado “cine de charros”, de las décadas de 1920-1950. Consideran que la imagen de jinete aventurero y justiciero, proyectada por el cine, es en realidad ridículamente fanfarrona, un estereotipo artificial que por lo mismo, no merece ser considerado el representante por antonomasia de lo mexicano, como lo fue durante mucho tiempo. Sin embargo, parecen olvidar que durante la mayor parte del siglo XIX, el Estado mexicano fue incapaz de garantizar seguridad a los ciudadanos y que, ante la proliferación del bandidaje, la seguridad pública dependió de la iniciativa de ciudadanos diestros en el manejo de las armas, el caballo y el ganado, generalmente llamados charros, que al margen de sus actividades agropecuarias se dedicaban a perseguir bandidos. Un testimonio de esto es la novela del Luis G. Inclán, titulada Astucia, escrita en 1865, ambientada en las décadas de 1830-1840 y basada en la vida del autor, así como el siguiente fragmento de una carta publicada en El Monitor Republicano de 17 de mayo de 1848:

“Orizaba, mayo 9 de 1848.
El camino de aquí a Puebla, ya con el favor de Dios, y del charro D. Eulalio, está casi limpio de ladrones; porque este señor los persigue noche y día, y ya lleva colgados o pasados por las armas a los más cabecillas y varios de los ladrones.”

El carácter aventurero y justiciero que el cine atribuyó al charro mexicano parece tener cierta base en la realidad.


Faustino Amado Aquino Sánchez
Investigador del MNI – INAH



Foto: Charros mexicanos, óleo de Frederic Remington