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Con la llegada de los españoles a este continente, se inició el sincretismo entre las fiestas prehispánicas con las celebraciones cristianas. De acuerdo con lo que relata fray Diego Durán, las festividades dedicadas a recordar a los muertos tienen su origen en dos fiestas prehispánicas: la de Miccailhuitontli o fiesta de los niños difuntos que se celebraba en el mes de agosto y la de Huey Miccaihuitl o fiesta de los muertos grandes, que se celebraba los primeros días de noviembre. Esta similitud de fechas permitió una asimilación relativamente fácil de la ceremonia por los grupos indígenas, que tenían así, la posibilidad de recordar a sus difuntos sin ocultarse y sin ser castigados. En ellas se ofrecía a los muertos, cacao, cera, aves, frutas, semillas y comida preparada que era del agrado del difunto.

Esta ofrenda era realizada una vez al año durante cuatro años, tiempo que tardaba el alma en llegar a su última morada, dependiendo la forma de la muerte: los que morían por vejez, o por enfermedades, se dirigían al Mictlan, la casa del señor de la muerte, Mictlantecuhtli, acompañados de su perro guía.

Al Tlalocan llegaban los que morían por la descarga de rayo, los ahogados, los leprosos, los hidrópicos, los que padecían gota, o los que eran atacados por un animal de agua.

Los que morían en batalla, los sacrificados en fiestas y rituales, y las mujeres que morían en el primer parto, se dirigían a Tonatiuh Ichan, la casa del sol: el cielo. Esta era una muerte tan digna, que los fallecidos podían regresar en forma de colibríes, aves preciosas y mariposas para alimentarse del néctar de las flores en la tierra.

Los niños lactantes llegaban al Cincalco, un lugar de flores, árboles y frutos, donde no había sufrimiento. Para alimentarse se dirigían a Chichihualcuauhco “el lugar del árbol de los pechos”, de donde provienen las palabras chichi o chiche, al referirse a la glándula mamaria que alimenta.


Norma Elena Rodríguez Hernández
Investigadora del MNI-INAH