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Luego de la batalla de Churubusco (20 de agosto de 1847), los generales Antonio López de Santa Anna y Winfield Scott, según tenían acordado desde julio anterior, firmaron un armisticio para que el primero intentara convencer al Congreso mexicano de aceptar las condiciones de paz estadunidenses, las cuales se reducían a la entrega de más de la mitad del territorio mexicano. La dirección de la política exterior era facultad exclusiva del Ejecutivo, por lo cual los Congresistas hicieron ver a Santa Anna que, como presidente de la República, las negociaciones con el enemigo eran su problema y no tenía por qué involucrar al Congreso, al cual correspondía únicamente la aprobación o desaprobación de cualquier tratado que el Ejecutivo llegara a ajustar con los invasores. Sin embargo, el plan que Santa Anna había trazado desde su exilio en Cuba el año anterior era obligar al Congreso a asumir la responsabilidad del manejo diplomático de la guerra y, por ello, al regresar al país en agosto de 1846 lo hizo responsable “de todo lo relativo a la guerra” en el Plan de la Ciudadela, documento que legitimó el derrocamiento del presidente Mariano Paredes y su propio encumbramiento. Cuando el ministro de Relaciones Exteriores del caudillo, José Ramón Pacheco, recordó esto al Congreso, los miembros de éste preguntaron si no sería que, en realidad, lo que el presidente buscaba era que el Congreso lo librara de toda responsabilidad, a lo que Pacheco contestó cínicamente que “sí, señores; precisamente eso es”.

Como respuesta, los Congresistas insistieron en que Santa Anna debía asumir la dirección de la política exterior y se negaron a dar una aprobación oficial a la apertura de negociaciones con el agente estadunidense Nicholas P. Trist. Santa Anna se vio obligado a abrir negociaciones bajo su responsabilidad y, por supuesto, se negó a entregar el territorio, por lo que la guerra continuó con una nueva serie de derrotas mexicanas en septiembre de 1847 (Molino del rey, Chapultepec y Garita de Belén), propiciadas, por supuesto, por el jalapeño.


Fuente: tesis doctoral de Faustino Amado Aquino Sánchez, investigador del MNI-INAH