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En la cuenca de México, durante la época prehispánica, un individuo podía ser sometido a esclavitud en tres casos distintos: a través de las guerras floridas para ser destinado al sacrificio, como sanción por la comisión de un delito grave y, por propia voluntad como medio de saldar el pago de tributo. Con la llegada de los españoles, la figura del tlacolli, o esclavo subsistió, y aunque existía la orden real de 1523 de que en Nueva España se prohibía esa condición, los indígenas continuaron siendo objeto de otro tipo de sumisión y abuso a través de instituciones laborales. Una de ellas fue la encomienda, un sistema de explotación en la que se consignaba oficialmente a españoles privilegiados, el derecho de recibir tributo y mano de obra de grupos de indígenas a su cargo, los cuales, a su vez debían recibir el “bienestar cristiano”.

Otra de los instrumentos de explotación fue el obraje, talleres productores de telas de lana que albergaban sus propios empleados, en su mayoría, indígenas, pues los negros eran empleados como guardias, dada la necesidad de vigilar la mano de obra, expuesta al trabajo arduo, al abuso físico, a la alimentación deficiente y a las condiciones inhumanas de vida.

Tras ser suprimidos estos sistemas de explotación en el siglo XVIII, la esclavitud quedó reservada a los individuos de raza negra, traídos por los europeos. Durante este mismo siglo, a partir de las ideas libertarias de la Ilustración, inició la condena al tráfico de seres humanos, hasta que, el 19 de octubre de 1810, a un mes de haber iniciada la lucha independentista, José María Anzorena, a petición del cura Miguel Hidalgo y Costilla, promulgó el Decreto de la Abolición de la Esclavitud.


Norma Elena Rodríguez Hernández
Investigadora del MNI-INAH



Foto: Abuso y maltrato a indígenas por parte de un encomendero, Códice Kingsborough.