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En la búsqueda diaria por la subsistencia, el hombre mantuvo una cercana interacción con la naturaleza. Entre las especies de animales que logró domesticar y, cuyas características le ayudaron a subsistir, se encuentran: el guajolote (Meleagris gallipavo), el perro (Cannis familiaris) y la abeja (Melipoma domestica). Del primero se aprovechaba la carne y las plumas; los datos arqueológicos más antiguos señalan que ya para el Preclásico Temprano (2500-1200 a. C.) era parte importante de la dieta de las aldeas agrícolas que poblaban la Cuenca de México; mientras que el perro fue, probablemente, el primer animal que convivió abiertamente con el hombre. El perro xoloitzcuintle, caracterizado por la falta de pelo, fue ampliamente popular por su carne y por las cualidades curativas que el calor de su cuerpo producía entre los reumáticos. Jugó, además, un papel notable en la cosmovisión mexica, pues era considerado guía para los que morían por vejez, o enfermedades al dirigirse al Mictlan, casa del señor de la muerte.

La domesticación de la abeja también causó fuerte impacto, tanto en lo económico como en lo religioso, a tal grado que fue uno de los productos tributados a Tenochtitlán, principalmente por pueblos del sureste. Además de la miel, usada en alimentos y bebidas, también se obtenía la cera, empleada para la limpieza de la piel y eliminar el exceso de grasa, para elaborar moldes de piezas de oro y plata, como pegamento, en el caso de la cera de Campeche, durante la elaboración de ornamentos a base de plumas, y como ofrenda durante las ceremonias religiosas.


Norma Elena Rodríguez Hernández
Investigadora del MNI-INAH