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Es común hablar de la enorme superioridad militar mostrada por el ejército de los Estados Unidos sobre el mexicano durante la invasión de 1846-1847. En particular se habla de que el armamento de los estadunidenses era mucho más avanzado y eficiente, al grado de que en algunos textos puede leerse que los fusiles y pistolas de los estadunidenses eran de repetición, llegándose incluso a la exageración de atribuirles el uso de ametralladoras. En realidad, tanto el ejército estadunidense como el mexicano estuvieron armados principalmente con fusiles de avancarga (que se cargaban por la boca del cañón y eran de un solo disparo) con llave de sílex, a pesar de que para la década de 1840 el armamento de última generación era el fusil de llave de percusión (aquel en el que se había sustituido la piedra de sílex por una cápsula que contenía un químico explosivo llamado fulminato de mercurio, o simplemente fulminante). Al planear la invasión, los generales estadunidenses se negaron a armar a sus tropas con las nuevas armas de percusión, pues dudaron de que las cápsulas de fulminante les pudieran ser surtidas de manera oportuna y abundante luego de que se hubiesen internado en territorio enemigo. Prefirieron seguir confiando en los fusiles de sílex, pues las piedras podían encontrarse fácilmente, incluso a la orilla del camino. Sólo unas pocas unidades del ejército estadunidense portaron el fusil de percusión, como fue el caso, por ejemplo, del batallón de voltarios “Rifleeros del Mississippi”.

En el caso de los mexicanos, el fusil reglamentario del ejército de línea también era de sílex, aunque las fuentes hablan de que los voluntarios de las Guardias Nacionales, sobre todo de la capital, compraron armamento nuevo, el cual pudo ser de percusión. Tal vez esto explique el destacado papel que tuvo la Guardia Nacional capitalina en la defensa de la ciudad de México.


Faustino Amado Aquino Sánchez
Investigador del MNI-INAH



Imagen: Llave de silex (arriba) y llave de percusión (abajo).