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La actuación del general Antonio López de Santa Anna en la guerra con Estados Unidos (1846-1848) ha sido objeto de debate entre los historiadores. Mientras unos lo acusan de traición, basados en las pruebas documentales que existen sobre sus tratos secretos con el presidente James Knox Polk, en los cuales le ofreció los territorios del norte de México a cambio de que se le permitiera regresar al país a través del bloqueo estadounidense de Veracruz y retomar el gobierno, otros lo defienden alegando que sus esfuerzos como dirigente de la defensa mexicana durante la guerra demuestran que, si entró en tratos con el enemigo, lo hizo tan sólo con el objetivo de engañar a Polk y lograr que éste permitiera su regreso.

Otras pruebas de la traición de Santa Anna, son sus repetidos e inexplicables errores estratégicos y tácticos, que llevaron al ejército mexicano a una humillante serie de derrotas, y que sus defensores atribuyen a su incapacidad como general, pero no a mala fe.

Una prueba más de la traición del caudillo jalapeño, de la que hasta ahora no teníamos noticia, es el hecho de que en agosto de 1847, al emprender los invasores, desde la ciudad de Puebla, su marcha hacia la ciudad de México, Santa Anna les entregó una serie de fortificaciones en el paso montañoso de Río Frío, construidas por el gobierno del general Pedro María Anaya meses atrás, y tan poderosas que hubieran detenido el avance del invasor e impedido la caída de la capital.

La prensa criticó la decisión de Santa Anna de fortificar la ciudad de México en vez de detener al enemigo en las fortificaciones de Río Frío, pero el jalapeño declaró que en tal punto no había más que unos cuantos árboles talados, cuando la construcción de dichas fortificaciones había requerido nada menos que 11,400 árboles.


Fuente: tesis doctoral de Faustino Amado Aquino Sánchez, investigador del MNI-INAH


Imagen: Antonio López de Santa Anna, fotografía, 1855.