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Los grupos que habitaron en Mesoamérica compartían diversas prácticas rituales y creencias que eran coadyuvantes en el control y dominio sobre otros pueblos. Arqueológicamente, se ha encontrado evidencia de una de esas prácticas en lugares como Jalisco, Tula, Tlaxcala, Oaxaca, Chichen Itzá y Tenochtitlán, la cual consistía en la exhibición de cabezas cercenadas, colocadas en una empalizada construida con troncos y estuco, en la que se colocaban los cráneos humanos perforados por la parte parietal y ensartados horizontalmente. Esta estructura era conocida como Tzompantli.

Tenochtitlán se valió de esta actividad para lograr la expansión territorial y económica de la cual gozaba. La guerra era una actividad que los mexicas desempeñaban con varios fines, no sólo, como menciono, para lograr poderío económico territorial, sino también se llevaba a cabo con fines rituales pues a través de las guerras floridas, se hacía de cautivos que serían sacrificados y, en muchos de los casos, expuestos a través del tzompantli, como muestra de poderío y como ofrenda a los dioses. De igual forma, el juego ritual de pelota era otro medio por el cual se obtenían cautivos como ofrecimiento a sus deidades. En algunas ocasiones este ritual estaba relacionado con la fertilidad, al vincularlo con la sangre como líquido vital. La ceremonia consistía en la decapitación del ofrendado, para después ser desollado y descarnado hasta dejar el cráneo expuesto, y, posteriormente, ser perforado por un sacerdote y ser expuesto en el empalizado.

A través de la evidencia arqueológica, se ha podido corroborar lo que las primeras crónicas españolas describieron al respecto. El soldado Andrés de Tapia, así como fray Diego Durán, fray Toribio de Benavente, fray Bernardino de Sahagún y fray Bartolomé de las Casas, entre algunos otros, describieron construcciones de albañilería y empalizadas donde se exhibían miles (se mencionan entre 80 000 y 130 000) de cráneos ensartados. Estudios recientes en el Templo Mayor de Tenochtitlán, han confirmado estos hechos al dar a conocer el hallazgo del Huey Tzompantli en recientes excavaciones.

Norma Elena Rodríguez Hernández
Investigadora del MNI-INAH