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Tras la caída de Tenochtitlán en 1521, se inició la construcción de la nueva ciudad novohispana. Los terrenos fueron divididos para ser repartidos entre los soldados y capitanes de mayor importancia, y en donde se encontraban los templos sagrados, se construyeron grandes caserones. De acuerdo con las fuentes escritas, el lugar donde se encontraba el templo de Huitzilopochtli fue otorgado a la orden de San francisco para instalar un primer asentamiento conventual, siendo trasladado, poco tiempo después, a un solar donado por Hernán Cortés, ubicado sobre la calle actuales de Madero y Eje Central. Después de la remoción del incipiente convento, el predio (que se encontraba en las actuales calles de Guatemala y Argentina), fue otorgado en 1525 al conquistador Alonso de Ávila, un hombre que, a pesar de no tener buena relación con Cortés, mostró su apoyo y lealtad. Tras su muerte, sus bienes fueron entregados a su sobrino (del mismo nombre), entre los que se encontraba el terreno referido. Alonso de Ávila joven, era considerado uno de los hombres más ricos de la Nueva España, pues además de los bienes heredados, era comendador de diversos pueblos y formaba parte del Cabildo de la Nueva España. Debido a su privilegiada posición, en su círculo de amistades se encontraban los hijos varones de Hernán Cortés: Martín Coetés Zúñiga, nacido de su matrimonio con Juana de Zúñiga, y Martín Cortés, hijo de su intérprete y traductora doña Marina.

Gozando de su fortuna, transcurrieron los años hasta que, en 1565, llegó a la Nueva España la Real Cédula que prohibía el servicio personal de los indígenas, ordenaba la liberación de los esclavos y reducía la duración de las encomiendas a una tercera vida, es decir, que a la muerte del comendador original, las tierras podrían ser heredadas hasta una tercera generación, para después, ser entregadas por los nietos a la Corona española. Viendo afectados sus intereses, los criollos prominentes, entre los que se encontraban Alonso de Ávila y los hermanos Cortés, comentaban su inconformidad. Considerado esto como conspiración, fueron detenidos y condenados a morir decapitados, confiscados sus bienes, derruida su casa y sembrado el terreno con sal, como señal de conspiración y traición a la Corona. El 3 de agosto de 1566 se ejecutó la condena, colocando las cabezas de los conspiradores en la plaza mayor, y quedando como testigo una lápida o padrón, puesta en medio del predio donde se hacía constar el delito. A más de cuatro siglos, esta lápida subsistió a demoliciones y traslados, y hoy puede verse en la zona arqueológica de Templo Mayor, en el centro histórico de la ciudad de México, donde una vez existió la casa de los Ávila, sobre el templo del dios Huitzilopochtli.


Norma Elena Rodríguez Hernández
Investigadora del MNI-INAH