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Antes de la llegada de los españoles, la atención a los problemas de salud, recaían, en primer lugar, en la familia, con el empleo de hierbas, raíces y minerales medicinales. Cuando se requería de conocimiento y habilidades específicas, la gente recurría a los titici o médicos, quienes aplicaban sus conocimientos sobre herbolaria, la manipulación de los huesos y técnicas de cirugía básica. También las mujeres figuraban en estas actividades, quienes participaban en la atención de los partos. A pesar de que el sistema de salud, según algunos cronistas, era muy eficiente, hubo enfermedades que causaron gran afectación en la población; por ejemplo, Alva Ixtlilxóchitl, menciona que, en 1450, gran parte de la población, en su mayoría ancianos, falleció debido a un “catarro pestilencial”, lo que hoy podría identificarse con algún tipo de influenza (las epidemias eran llamadas “pestilencias” ´por los primeros españoles).

Con la llegada de los europeos, llegaron enfermedades ante las que los indígenas estaban indefensos. Las epidemias de viruela o hueyzahuatl en 1520, de sarampión o tepitonzahuatl en 1531 y de salmonella o cocoztli en 1545, fueron devastadoras, de acuerdo con Ixtlilxochitl, quien menciona que murieron 9 de cada 10 indígenas.

Aunque los médicos o titici contaban con espacios destinados para la atención del paciente, con la aparición de las epidemias, fue necesaria la creación de hospitales que captaran una mayor cantidad de enfermos. El primero de ellos, el hospital de Jesús, fue fundado por Hernán Cortés en 1524, para atender, en primera instancia a soldados españoles, y poco después, también a indígenas. Para finales del siglo XVI, Nueva España contaba aproximadamente con 129 hospitales, entre ellos se contaba con el real hospital San José de los Naturales, exclusivo de indígenas; el de San Juan de Letrán, de mujeres; el de San Lázaro, para leprosos y el hospital de los Desamparados, para negros y mulatos.

Norma Elena Rodríguez Hernández
Investigadora del MNI-INAH