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Es un lugar común decir que, al darse la decadencia de las grandes haciendas ganaderas durante la Revolución, las actividades ecuestres y vaqueriles mexicanas, que en conjunto conocemos como charrería, pasaron del campo a la ciudad y se convirtieron en un deporte de exhibición. De hecho, a la charrería se le considera el deporte nacional por excelencia. Básicamente todo ello es cierto, sin embargo, también existen testimonios de que la charrería ya era un deporte de exhibición por lo menos desde mediados del siglo XIX. La marquesa Calderón de la Barca, por ejemplo, en su obra La vida en México (1840) dejó para la posteridad la descripción de un jaripeo, evento que en muchos puntos de la república atraía grandes cantidades de espectadores para admirar las habilidades ecuestres de los charros, quienes, al competir entre sí por lograr las mejores suertes, despertaban expectación y entusiasmo entre el público. Otros escritores de aquella época, como Manuel Payno en Los bandidos de Río Frío, dejaron testimonios similares. A contrapelo de la opinión de muchos historiadores e intelectuales de nuestros días, la charrería cuenta con raíces muy profundas en la historia de este país.


Faustino Amado Aquino Sánchez
Investigador del MNI-INAH