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A partir de los años 50 del siglo XX, el cine mexicano comenzó a producir largometrajes de temas juveniles que siguieron dos vertientes: por un lado, algunos directores, asustados por la influencia estadunidense sobre la juventud, que introdujo nuevos patrones de comportamiento que tendían a relajar la rigidez de las costumbres - especialmente en el terreno sexual-, produjeron cintas moralistas que regañaban a los rebeldes sin causa al estilo de James Dean y recordaban a las jovencitas el deber de mantener intacta su virtud. Otros directores tendieron en cambio a filmar comedias blancas con ídolos musicales. A pesar de que en la segunda mitad de la década de los 60 irrumpió con fuerza un nuevo cine erótico, los regaños y la “ñoñería” persistieron en la producción de películas juveniles.

Ese no fue el caso de “Cinco de chocolate y uno de fresa” (1967), del director debutante Carlos Velo. Basada en un argumento del joven escritor José Agustín, se trata de una divertida farsa musical estelarizada por la cantante Angélica María, quien en esta cinta hizo a un lado la imagen de doncella recatada y virtuosa que le valió el título de “novia de México”, para interpretar a una novicia que se trastornaba al ingerir hongos alucinógenos en la cocina del convento, y en un caso de doble personalidad, se dedicaba a liderar una pandilla de jóvenes rebeldes dedicados a perpetrar toda clase de atropellos para burlarse de la autoridad. Lo novedoso de la propuesta de Velo le valió en su momento un éxito de crítica y taquilla, y que hoy día su cinta sea considerada de culto, pues sus aportaciones para el futuro fueron varias, entre ellas la frase “síganme los buenos” y el mote de “fresa” para las niñas bien portadas.

Gran parte de la película fue filmada en el convento de Churubusco, que hace las veces del convento de la novicia descocada.

Faustino Amado Aquino
Investigador MNI / INAH