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Desde la invención de las primeras armas de fuego surgió la necesidad de aumentar la cadencia de fuego, pues la operación de avancarga (cargar el arma por la boca del cañón) era tan lenta que sólo permitía hacer tres disparos por minuto. Una solución era inventar armas que pudieran cargarse no por la boca, sino por la culata del cañón, a lo cual se le llama retrocarga. En el siglo XVIII surgió la idea de adaptar al cañón una culata móvil que pudiera abrirse para recibir el cartucho y luego cerrarse y bloquearse para permitir el disparo, lo cual permitió aumentar la cadencia de fuego a 8 disparos por minuto. El primer sistema de retrocarga de estas características que alcanzó éxito comercial y militar, al grado que fue adoptado por el ejército austriaco en 1771, fue el sistema inventado por el italiano Giusepe Crespi, perfeccionado después por el norteamericano John H. Hall en 1810.
Estos primeros sistemas de culata móvil tuvieron el defecto de que el cierre entre la culata y el cañón no era totalmente hermético y una parte de los gases de la explosión se escapaba, disminuyendo la presión de gases y por tanto la potencia; por ello no fueron adoptados de manera general por todos los ejércitos y su uso se restringió a ciertos cuerpos de élite, como fue el caso de la carabina Hall, usada por la caballería de los Estados Unidos en la década de 1840.
En la guerra entre México y los Estados Unidos (1846-1847) la caballería estadunidense no jugó un papel importante debido a su pequeñez (se la utilizó principalmente para combatir sin mucho éxito a los guerrilleros mexicanos en los caminos), y por tanto su arma de retrocarga tampoco tuvo gran influencia en el resultado de la guerra.

Faustino Aquino
Investigador de INAH


Foto: carabina de retrocarga Hall con la culata del cañón abierta, 1840