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Tras la consumación de la independencia el 27 de septiembre de 1821, México continuaba en riesgo de ser invadido, pues a pesar de la firma de los Tratados de Córdoba que reconocían su emancipación, y del retiro del ejército español del territorio mexicano, el rey Fernando VII no estaba resignado a perder la que había sido su colonia más rica, anhelando su reconquista. Con estos antecedentes, México requería del reconocimiento como nación libre y soberana de las grandes potencias europeas. El primero en aceptar fue el gobierno británico al formalizar relaciones diplomáticas con nuestro país, quien a cambio de otorgar su reconocimiento se benefició con relaciones políticas y comerciales privilegiadas.

En el mes de octubre, al llegar las noticias de que los Tratados eran rechazados por la Corona y de que una escuadra española se dirigía desde Cuba hacia San Juan de Ulúa para iniciar un ataque de reconquista, aprovechando el relevo de guarnición y el suministro de víveres, el gobierno mexicano se vio en la necesidad de adquirir a crédito y con préstamo británico, una flota de navíos, compuesta por bergantines, goletas y corbetas. En noviembre de 1825, el presidente Victoria dio la orden de tomar San Juan de Ulúa, último reducto español en México, acto que fue asignado al general Miguel Barragán y al capitán de fragata Pedro Sáinz de Baranda. Ante el sitio, y la imposibilidad de fondear, el brigadier español José Copinger se vio obligado a retroceder en su intento.

El 23 de noviembre de 1825, las fuerzas mexicanas ocuparon y recuperaron la fortaleza de San Juan de Ulúa, ondeando la bandera nacional con la salva de 21 cañonazos.


Norma Elena Rodríguez Hernández
Investigadora del MNI-INAH