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Tras la consumación de la guerra de independencia, los gobernantes de la nueva nación quisieron dotarla de una identidad política cuyos símbolos sustituyeran a los de la Corona española. A pesar que en 1523 el rey español Carlos V otorgó a la ciudad de la Nueva España un escudo de armas que la distinguiera, éste no fue bien recibido, ya que ensalzaba la tradición heráldica hispana y casi borró la indígena, pues estaba compuesto por el castillo y el león, elementos reales, bordeado de pencas desprendidas del nopal mítico mexica.

Gracias a la persistencia durante la Colonia de las imágenes referentes al mito de la fundación de Tenochtitlán, los elementos que lo componían, el águila, la serpiente y el nopal, se fueron integrando al escudo que nos identifica como mexicanos. Tras el intento real de eliminar cualquier resto de memoria indígena, se idearon argucias para evadir su cumplimiento y, dado que el emblema otorgado por Carlos V no contaba con timbre (insignia que se coloca encima del escudo de armas), los miembros del Ayuntamiento que no aprobaban el escudo propuesto por el rey, aprovecharon para colocar los elementos indígenas, logrando lo que tanto se evitaba: sobreponer el escudo mexica a la heráldica hispana.


Norma Elena Rodríguez Hernández
Investigadora del MNI-INAH



Imagen. Escudo de la ciudad de México durante el siglo XVII en Relación Universal, Legítima y
Verdadera del Sitio en que está fundada la Muy Noble, Insigne y Muy Leal Ciudad de México,
tomado de: Florescano Enrique, La bandera mexicana, Taurus, México, 2006.