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De todos los patriotas que cayeron el 20 de agosto de 1847 defendiendo el convento de Churubusco del embate de las tropas estadounidenses, el más llorado por la sociedad capitalina fue el joven capitán del batallón Independencia Luis Martínez de Castro. Habíase ganado la estimación pública por ser un notable estudiante y un escritor en ciernes. Como hijo de un ministro de la Suprema Corte de Justicia tuvo una esmerada educación en ciencias y lenguas extranjeras, en las que destacó al grado de llegar a dominar el inglés, francés y alemán. A los dieciséis años ya pertenecía al círculo de literatos y periodistas de Guillermo Prieto y a las tertulias literarias de Francisco Ortega y Manuel Carpio. Fue el primer mexicano en realizar traducciones del alemán al español. Fuertemente influenciado por el romanticismo alemán y sus ideales de libertad y nacionalismo, fue de los pocos que se incorporaron a la Guardia Nacional para defender la ciudad de México, sin importar que la mayoría de sus compatriotas, decepcionados ante la corrupción de la clase política y la evidente traición del general Santa Anna, mostraran una actitud apática ante la guerra con los Estados Unidos. Tal vez el idealismo romántico explica que el 20 de agosto, cuando el convento se estaba rindiendo por falta de municiones, el capitán Martínez de Castro, Francisco Peñúñuri y otros valientes intentaran continuar el combate al arma blanca y añadieran, de manera un tanto inútil, nuevas víctimas a una derrota ya consumada.

Luis recibió una herida de bala en el hombro izquierdo que se infectó, los médicos no pudieron detener la gangrena y murió el 26 de agosto a los veintisiete años. Su entierro fue multitudinario y los periódicos publicaron esquelas, oraciones fúnebres y artículos recordando sus méritos. Sus restos descansan en el monumento situado frente al convento, erigido en 1856 por el gobierno de Ignacio Comonfort.


Faustino Amado Aquino Sánchez
Investigador del MNI-INAH



Imagen: Ataque estadounidense al Convento de Churubusco, litografía de Casimiro Castro, 1848