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Luego de ser objeto de honores y banquetes ofrecidos por los estadounidenses en su camino desde Jalapa hasta La Antigua, el general Antonio López de Santa Anna se embarcó, el 5 de abril de 1848, en este último puerto para salir al exilio. Embarcó llevando a cuestas el odio del pueblo mexicano, pues ya estaba claro que había dirigido la guerra con la intensión de perderla: había entregado los pasos montañosos, tanto en el norte como en el centro del país, para facilitar el avance de la invasión, y en las batallas del Valle de México (agosto-septiembre de 1847) abandonó a su suerte a los voluntarios de la Guardia Nacional mientras mantenía en reserva al ejército de línea, por lo cual se ganó el desprecio y rencor de sus conciudadanos, sentimientos que han sobrevivido hasta nuestros días y que son ejemplificados por el siguiente testimonio, firmado con el seudónimo de “Una señorita liberal”, aparecido en El Monitor Republicano del 14 de abril de 1848: “Este sublime héroe [Santa Anna] salió de [la República] sano y salvo, con sus bienes y muy obsequiado y custodiado del enemigo de su patria, en vez de sufrir el castigo de sus crímenes: mexicanos, él volverá a perpetrarlos, no permita la providencia que se cumpla este pronóstico como se cumplió cuando lo vi salir otra ocasión; entonces dije bien públicamente, él volverá a traer el luto y la desolación, acompañado de la venganza y la sed de oro: así sucedió y volverá a suceder, mientras los mexicanos permanezcamos en la apatía y frialdad en que hemos vivido hasta aquí […] el gobierno lo dejó marchar sin castigo, y no ha habido un mexicano, uno solo, que no se haya propuesto vengar a su patria, y liberarla de tan siniestro hombre para lo futuro.”


Faustino Amado Aquino Sánchez
investigador del MNI-INAH



Foto: La Antigua, Veracruz