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Enero de 1848; hacía cuatro meses que se había consumado en Chapultepec la última derrota mexicana ante las fuerzas invasoras de Estados Unidos. A lo largo de esos meses, el Partido Liberal Radical, conocido como los puros, adoptó una postura contradictoria al exigir en el Congreso la continuación de la guerra hasta expulsar al invasor, mientras que su prensa abogaba por la anexión al vecino del norte como una forma rápida y efectiva de lograr la modernización de México. Sus enemigos políticos los acusaron de promover la continuación de la guerra con el verdadero propósito de obligar al gobierno estadounidense a llevar a cabo la anexión, sospecha que fue confirmada por el desayuno que el Ayuntamiento de la Ciudad de México, dominado por los radicales, ofreció al general en jefe de las fuerzas estadounidenses de ocupación, Winfield Scott, en las ruinas del convento agustino del Desierto de los Leones. El banquete -celebrado la mañana del 29 de enero -, amenizado por una orquesta y preparado por Laurent, el mejor chef de la ciudad, fue escenario de inspirados brindis mexicanos en loor de la pujanza económica y organización política estadunidenses. Un testigo gringo describió así el brindis del presidente del Ayuntamiento:

“Cumplimentó al general en jefe, y con la sonrisa en los labios habló de nuestro país [E. U.] de un modo apasionado y brillante. El general en jefe parecía tan pagado y satisfecho como si hubiese recibido una rendición”.

Más tarde, el propio Scott aclaró que los radicales trataron de convencerlo de que impusiera una dictadura militar y realizara la anexión. Ante este peligro y las evidentes intenciones de algunos estados del norte de separarse de México para anexarse a Estados Unidos, el gobierno del presidente Manuel de la Peña y Peña se apresuró a negociar un Tratado de Paz que fue firmado el 2 de febrero en la Villa de Guadalupe y por el cual México perdió la mitad de su territorio, pero que puso fin a la intriga de anexión total de los liberales radicales.


Fuente: Tesis doctoral de Faustino Amado Aquino Sánchez, investigador del MNI-INAH